En la diferencia, está la riqueza.
Niños prácticamente de la misma
edad, que posiblemente compartan miles de aficiones, miles de deseos
comunes, muchísimas aspiraciones, y que sin embargo sean mundos
independientes, aislados en la inmensidad.
Ante
este panorama, siento en mis propias carnes una tremenda sensación de
responsabilidad, ante tanto trabajo por hacer, tanta diversidad en la
que mediar, y de la que sacar provecho.
Aunque
sea difícil de ver, en la mayoría de ocasiones, podemos sacar provecho
de nuestras propias diferencias con respecto a los otros: podemos y
debemos enriquecernos de lo que los demás tienen, y no tenemos nosotros,
y al mismo tiempo aportarles a ellos nuestras principales virtudes, las
cosas que nos diferencian. Se trata por tanto de un enriquecimiento
recíproco: yo te doy, y tú me das. Todos ganamos así.
Miro
hacia la parte final del aula. Ahí está J, sentado solo, no para un
segundo de moverse. El resto de compañeros no quieren sentarse con él,
pues dicen que les molesta, que no pueden seguir la clase a su lado. J
está triste, pues siente que no es aceptado. Quiere dejar de moverse,
pero no puede. Quiere tranquilizarse, pero algo se lo impide. Necesita
cariño, necesita sentirse parte de todo esto.
Llegamos
a la parte práctica, y yo, el profesor, me siento al lado de J, soy su
pareja en esta fase de desarrollo de los ejercicios. Me acerco a él, y
le acaricio el cabello. La expresión de su cara cambia por completo,
incluso deja de moverse tan insistentemente, y me mira, devolviéndome
una sonrisa cómplice. Comenzamos a trabajar, y J lo da todo, no se
guarda nada para si mismo. Quiere ayudar, quiere contribuir al proyecto
común.
Cada
subgrupo trata de sacar adelante su parte del proyecto. Cada subgrupo
depende de los otros subgrupos, y por tanto todos se necesitan
mutuamente. En este tipo de actividades, cada niño podría decir a otro
cualquiera: "de ti depende, de ti dependo", y sería completamente
cierto.
Alboroto
generalizado, niños de un subgrupo preguntando cosas a los de otro
subgrupo. Niños que se me acercan y me piden ayuda. Ideas que
sobrevuelan el aula, y que son necesarias para sacar esto adelante.
En
un instante concreto, se produce una crisis generalizada en el proyecto
común. ¡No sabemos seguir, profe! ¡Estamos en un callejón sin salida!
Algunos nubarrones negros sobrevuelan por encima de nuestra aula de
prácticas. J levanta la mano, y no le tiembla, por primera vez en mucho
tiempo. ¡Ya lo tengo!, dice, ante la carcajada generalizada de sus
compañeros, que intuyen que está de broma, y que está a punto de liar
una de las suyas. J se levanta, lenta, pausadamente, con talante sereno,
coge el rotulador y escribe un par de instrucciones en la pizarra.
Dibuja también un sencillo algoritmo, y un esquema de como
desarrollarlo. ¡Con esto podríamos salir del paso!, dice J humildemente.
Yo, no puedo dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo, y a lo que
mis oidos estaban escuchando. J acababa de proponer la solución más
sencilla, y a la vez más genial, que habría podido imaginar. Los
compañeros, primero de todo, no sabían que decir, quedánsode
petrificados y sin palabras. Luego, uno de ellos, espontáneamente,
comenzó a aplaudir, contagiando al resto de la clase, que se fue
uniendo, poco a poco, hasta construir entre todos una tremenda ovación,
con un gran estruendo, que por un momento, pensé que me haría
ensordecer.
J
permaneció delante de la pizarra, mirando a su alrededor, totalmente
desorientado, sin saber muy bien que era lo que estaba sucediendo. Todos
y cada uno de los compañeros, vinieron a abrazarlo, y él, sin saber por
qué, comenzó a llorar. Al final del todo, me acerqué hasta él, le
abracé con todas mis fuerzas, y mirando hacia el resto de la clase,
dije: ¿Veis? ¡En la diferencia está la riqueza!
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