Dos ciclomotores en la vida...
"Ducati Senda ; primera moto. La había de recordar siempre igual como la encontró, escondida entre los zarzales de tal forma, que nos pinchamos por todo para sacarla, nos arañamos los brazos y las piernas desnudos por el calor, pero la sacamos. Madre mía del amor hermoso, Dios santo qué preciosidad, madre del alma cuanta belleza en ella conjugada. Casi parecía no tener fallo alguno, y nos pusimos manos a la obra con ella, pues prometía largos paseos, vertiginosas bajadas desde lo más alto de la cuesta, grandes aventuras por los atajos a través de la espesura del bosque. Pero cuando parecía que quería caminar, se quedaba, le faltaba algo, le faltaba cariño. Motos Martín Martín, por favor, podría venir por mi moto, sí, se trata de una Ducati Senda, y no sé que carajos le pasa, que parece que todo está en el lugar que toca, y la muy puñetera no quiere caminar. En el teléfono de la habitación de al lado, el 'tío gordo' escucha atento las explicaciones de su sobrino, divertido, expectante por la situación. Sí, no se preocupe, responde el 'tío gordo', pasaremos a por ella lo más deprisa que nos sea posible , quizá ¿le iría bien sobre la una?. Pues sí, me vendría bien esa hora, contesta el sobrino gordo, les estaré esperando fuera con ella .¡¡¡ Anda gordo!!!.
El mundo se le hizo pequeño, al pobre sobrino, al pobre gordo que no supo qué hacer al sentirse humillado. Bajó las escaleras corriendo, llorando más fuerte, y con más rabia a cada escalón, sintiendo que era el chaval más desafortunado, aquél en el que todo lo más violento del mundo se había conjugado, y luchaba contra él, solo, pequeño, gordito e inocente. Qué me trague la tierra, y a ella conmigo, te dijiste gordo, y arremetiste a patada limpia con la pobre moto, le rompiste el faro, los intermitentes, el sillón voló por los aires, la cadena se partió, el motor se descolgó y cayó al suelo, y la desgraciada moto, la primera, la única, que no comprendía ni pizca del destino que le correspondió, comenzó a llorar, comenzó a quemar aceite, y ese vaho junto con sus lágrimas, llenaron el mundo único de tu derrota junto a ella, pieza primitiva de tu adolescencia fuera de tu jardín, primer resorte para escapar de tus hermanos, de tus padres, y poder crearte, como siempre quisiste, tu propia estancia, tu propio universo. Ya no hizo falta Martín Martín, ya no hizo falta nadie. La recogiste pieza por pieza, y la fuiste a encomendar para siempre, junto a los escombros, junto a los despojos del basurero de siempre. Nada te queda ya hoy de ella, salvo la certeza clara de que fue la primera, de que fue el comienzo de un camino, que hoy continúas recorriendo.
Torrot antigua; segundo amor, segundo ciclomotor de mi corazón que me viniste en aquél momento de desgracia en que mi rodilla necesitaba de todo el amor del mundo, y yo permanecía preso de ella, y necesitaba un sustento para mi alma de grasiento mecánico. Será fácil señor cura, no se preocupe, cuatro piezas de aquí y de allá, y el resto que está impecable, que ha ganado a las inclemencias de los años, aguantará señor cura, yo se lo aseguro, querido señor cura, en unos cuantos días, usted disfrutará de este flagrante ciclomotor por las carreteras de la isla, no se preocupe por nada. Usted no se me inquiete, tan sólo suélteme un poquito de 'guita' para los gastos y para comprar lo que haga falta, pero no se me inquiete carajo, que esto no es nada para mi.
Sol amigo, de la mañana en que te pusiste con ella, y que pensabas que te sería suficiente para terminarla. Ciclomotor del demonio, que no tiene una maldita pieza en condiciones. Nada señor cura, que no me bastó el dinero, y venía a ver si podría anticiparme algo más para piezas, porque la moto está estupenda, aunque le faltan algunas piezas, pero es normal, tanto tiempo sin tocarla, ahí reclutada en el monasterio, pero no se me inquiete, qué demonios, señor cura, perdone por lo de demonios, señor cura, pues no es palabra que quizá vaya bien con la gente de su gremio, pero qué carajos, no se me alarme por nada, que verá que moto le dejo. Y pusiste el corazón al servicio de la causa, y quisiste hacer la obra más perfecta que Dios pudiera permitirte, y trataste de dejarla como salida del escaparate de un día de aquellos maravillosos años sesenta. Demonios con el embrague éste, que tiene partida esta pieza en cuatro cachos. Buscaste otra igual por toda la isla, sin éxito en cada lugar donde probabas suerte. Nada, carajos, que no encontrarás pieza como ésa en ningún sitio. Pensaste que te la hicieran, pensaste en soldarla quizá, pensaste en echarle pegamento si fuese preciso, y aunque no pegara, qué mas daba, lo importante era salir del apuro de ahora. Proseguiste en la búsqueda del único vestigio que quedaba ya para completar tu obra. Uno, dos, tres, cuatro, cinco,... un montón de días, sin éxito alguno. Esa pieza es de museo, te comentaron por todos lados, eso ya no se fabrica, y nadie querrá reproducírtela, ni nadie te la soldará, pues es de antimonio, y eso cuesta soldarlo, y tan sólo un tal argentino podría querer hacértelo, por un precio desmedrado. Todo el día pensando en aquella maldita pieza que se había extinguido de la faz de la tierra, y por las noches, siendo protagonista de las más imposibles pesadillas, en las que navegabas en un mar pleno de piezas de embrague a tu alrededor, tratando de extender el brazo para atrapar alguna, y sin poder cogerlas, por más que lo intentases. Sí, señor cura, no se preocupe, esta dichosa pieza que no hay manera de encontrarla, pero no se me inquiete, daremos con ella aunque tenga que atravesar el océano a nado, y regresar sin pestañear, con ella de la mano. Y te gastaste en gasolina lo que te quedaba para pasar el mes, pues recorriste de nuevo todos los talleres y desguaces de la isla, por si acaso se te hubiese pasado por alto en alguno de ellos, pero todo fue en vano. Mientras regresabas ya para casa, resuelto a no proseguir con aquello, el coche se te paró en mitad de la carretera. Demonios, no tengo ni gota de gasolina. Viniste empujándolo más de cuarenta kilómetros, cogiste casi la línea perfecta, y era ya imposible poder volver a llamarte con tu apodo de 'gordo'. Y sin ni siquiera pararte a descansar por el esfuerzo, ni a beber un sorbo de agua, cogiste la moto y te la llevaste caminando hasta el barranco de detrás de las viviendas, y desde allí, te permitiste el lujo de verla descender desde lo alto, de ver como se precipitaba en el vacío, y como se desmigajaba en mil pedazos, que permanecieron todos un instante en el aire, juntos, útiles, y luego se desperdigaron, y se perdieron para siempre. Al carajo con la moto, señor cura..."
'Relato escrito en mi adolescencia, reflejo del extraordinario carácter, y la gran determinación de mi hermano, Ramiro Raúl Torres Vera ('Rafa'), capaz de lograr lo inimaginable. Eres mi referencia, mi inspiración, querido hermano...'
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