La luz es como el agua


 

    Desde lo más alto de nuestro edificio, se percibe el aroma inconfundible del mar, se divisa su extensión informe, su rumor fugaz.

    Niños y niñas, con toallas sobre su hombro, montados en sus bicicletas chirriantes, parten bajo mi mirada de asombro, desafiando al diamante de Venus, sostenido en su cenit más alto, más majestuoso.

    Les observo detenidamente, desde lo más alto de mi hogar, y lamento su ignorancia. Uno de los más pequeños sube a buscarme, trata de persuadirme para que les acompañe, para que desempolve mi antigua bicicleta, y me exponga junto a ellos, al azote inconmensurable de los rayos del sol de pleno verano. Yo, divertido, respondo que no, que yo paso, que yo me quedo. El chaval más pequeño no puede salir de su asombro, no puede entender como yo, una de las personas que más adora el mar, la libertad, los paseos en bicicleta, prefiere quedarse allí, contemplándolo todo, sin hacer nada. Sólo yo conozco la respuesta.

    Todos se han ido ya, menos yo. La casa está vacía. Todo está a mi disposición. Es mi momento. Cierro cuidadosamente ventanas y puertas, hasta encontrarme totalmente aislado en el gran comedor de mi casa. Entonces enciendo las tres lámparas al mismo tiempo, y el comedor, como si de una bañera se tratase, comienza a llenarse de luz, desde abajo hacia arriba. Los sillones comienzan a flotar, las sillas me sirven de apoyo, y yo, como pez en el agua, comienzo a explorar aquel mundo de luz, aquella inmensidad luminosamente marina de mi hogar. Los jarrones chinos que mi madre trajo de no sé dónde, giran alrededor de una preciosa órbita elíptica, y aunque los observo fascinado, me siento preocupado por su futuro, pues de pasarles algo, puedo verme involucrado en grandes apuros.

    La luz lo llena todo, las paredes son de luz, el mundo es de luz y de color. Por un instante, intento salir a flote, intento poder coger un poco de aire, aunque mi intento es en vano, pues no existe ya tal superficie, y el nivel de mi mar particular de luz, llega ya hasta el mismo techo. Entonces, totalmente exhausto y necesitado de aire para respirar, busco el abrir algo, una ventana, lo que sea. Me agarro al pomo de una de ellas, pero la terrible presión de la luz, me impide poder girarlo. Desesperadamente busco la puerta del comedor, y me encuentro con el mismo problema. Entonces presiono la llave de la luz, y ésta deja de emerger de las bombillas de las lámparas. De todos modos, me doy cuenta que nada he conseguido con ello, pues aunque no se llene más , todo está ya lleno, y sigo sin poder respirar. ¿Qué puedo hacer?. No lo sé. Comienzo a rezar, y espero que alguien escuche mis plegarias. Me agarro a una de las sillas que flotan a mi alrededor, y entonces percibo una enorme corriente que trata de arrastrarme y me arrastra, y que arrastra también consigo todos los demás muebles, jarrones, utensilios domésticos, etc... Observo que la puerta del comedor está abierta, y la de la entrada del piso también, y hacia allí nos dirigimos. Mi hermano pequeño, de pie ante la puerta principal, comienza a correr escaleras abajo, cuando se da cuenta de lo que se le viene encima. Aún así, aquel conglomerado de luz, de muebles y demás, logra atraparlo a mitad de su camino, y toda la escalera del edificio queda convertida en un pequeño mar de luz, plagado de archipiélagos con forma de objeto del hogar. El portal se abre, y la luz, nacida de las bombillas del comedor de mi casa, se pierde entre el calor de aquel día de pleno verano. Los vecinos salen alarmados de sus casas, y al observar el panorama, no pueden imaginar explicación alguna. Mis padres, que en ese mismo instante habían regresado, y que habían sido testigos de aquel enorme estruendo, también corrieron hacia arriba preocupados, y me observaban con gesto amenazador, demandándome una explicación. Totalmente ruborizado, no encontraba en aquellos instantes, un discurso para justificar lo que allí había ocurrido. Además, no viéndome capaz de improvisar excusa alguna, los miré a todos, uno por uno, traté de adoptar el gesto más natural que el momento me permitiese, y les dije:

- ¡ La luz es como el agua!. Abres la llave y sale..."

p.d: Agradecimientos especiales al Maestro 'Gabo' García Márquez, el cual inculcó en mi, el amor por los cuentos, el hambre para crearlos, en mi estilo un tanto peculiar, y que tanto gustaba a mi esposa Maribel, la cual inició un viaje hacia el cielo hace seis meses, y que tanto disfrutó con cada una de las piezas que yo componía...

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