La cala del amor
Paseábamos sin saber
dónde ir, divisando por casualidad, desde lo alto de aquella escalera sinuosa,
una pequeña calita que nos llamó la atención, y decidimos visitarla. ¡Dios, qué
hermosa resultó ser, pensé, de una belleza suprema, sólo comparable a la tuya,
mi amor!
Su extensión era exigua,
muy pequeña y recogida: a la izquierda, unos seres habían prendido unas
preciosas velas, que iluminaban el paraje, con una luz tenue, proporcionándole
un toque de distinción y de hermosura. En la parte derecha, no había nadie, y
decidimos ocupar la zona, hacerla nuestra.
Sentados primero sobre
unas rocas, y después estirados sobre la arena suave, sentimos que nuestros
cuerpos se iban acercando el uno al otro, que una mano acariciaba una mejilla,
que otra se posaba suavemente sobre el pelo de uno, sobre el cuello del otro...
Te miraba, en la noche, y el brillo de la luna llena, cubría tus ojos de una
luz mágica, que me hacía sentir, el hombre más afortunado del mundo... El agua
mansa del mar, algunas veces, se acercaba hasta nuestros pies, amenazando con
regarlos, aunque no logró alcanzarlos ninguna vez. Te abracé con suavidad,
tumbándote en la arena, y emocionándome al contemplar la bonita estampa creada
por Dios, y acompañada por ti y por mi: pensé que aquel paraje único no podía
haber sido creado nada más que para que tú y yo, lo convirtiéramos en nuestro
primer lugar de encuentro, en nuestro primer nido de amor, en nuestra primera
reserva de cariño.
Nos besamos
intensamente, y el rumor del mar, escuchado de fondo, nos proporcionaba la
excusa perfecta, hacía que no pudiésemos parar nunca, que no quisiéramos que
esto acabase, que no tuviéramos que partir, cada uno hacia su hogar. Te
acurrucaste a mi lado, y yo desde arriba, miraba tu sonrisa, debajo de mi,
observando tus preciosos ojos iluminados de amor, diciéndome en ellos, que me
querías, que sólo deseabas estar a mi lado, exactamente igual que los mios te
decían a ti...
Todo fue tan
improvisado, tan bonito y mágico, que debo pensar, que las cosas que surgen
entre nosotros, son muy difíciles de explicar, por lo fáciles que resultan...
Sentirte a mi lado, sentir el roce de tus manos en mi cuerpo, poder besarte y
notar que adoras que lo haga, observar cómo me miras, y pensar que estás
sintiendo lo mismo que yo siento, enroscar nuestros cuerpos convirtiéndolos en
uno solo, y desear que pudiesen fundirse y quedarse así para siempre, amándose,
deseando disfrutar de este amor, todo el tiempo que Dios, nuestro creador, así
nos lo permita...
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