Plumas


Cada día, al despertar y acercarme al baño, tu primer sonido, supone para mi, mi primer saludo de buenos días. Te acercas a la parte central de la jaula, encima de uno de los palos, y asomando el extremo anterior de tu pico, me invitas a acariciarlo. Vuelves a saltar, desde el palo hasta el nido, te introduces en él, y vuelves a salir, saltando de nuevo con gran agilidad sobre el palo. Si permanezco un rato junto a la jaula, estos movimientos tuyos, se convierten en un infinito bucle del que acabas completamente agotada, pero muy feliz.

Me ves merodeando por la cocina, y comienzas un baile agaporni enloquecido, eléctrico, reptando con tus patas y tu pico en un deslizar en vertical, sobre los alambres de tu jaula. Me acerco, y me esperas de nuevo sobre tu palo favorito, y me ofreces tu pico, para que te lo toque, y salgas pitando después de eso.

Vives feliz en tu jaula-hogar, junto a tu marido, el Señor ‘Caballero del Zodiaco’ Murf. Él jamás deja de atenderte, y más aún durante el período de la cría, en el que se convierte en tu máximo apoyo: recoge la comida de los cuencos, te la trae hasta el nido y te la introduce en tu boca, mientras se funde contigo en el más hermoso de los besos, beso de amor y de pasión infinitos, beso de ‘siempre estaré a tu lado para ayudarte, y no necesitas pedírmelo’.

Sobrevuelas por el interior de tu jaula, combinando potentes saltos con ligeros planeamientos, y tus preciosos colores azul cielo y blanco, y tu cabeza negra en la que destacan dos preciosos y enormes ojos dentro de un gran círculo blanco, le proporcionan a la escena una enorme espectacularidad. Tu compañero Murf, de plumaje verde, rojo, amarillo y naranja, combinación preciosa de colores, complementa perfectamente la jaula, mediante una enorme explosión de luz y de color, que colapsa todos los sentidos.

¡Cuánto disfrutas dentro de tu jaula-hogar! Cuando estás aburrida y no te hacemos caso, empujas con violencia tu columpio-campana, creando una preciosa sonoridad que nos fuerza a venir a verte. Caminas por encima de los toboganes, deslizándote sobre ellos, y buscas introducir en tu nido, todo tipo de materiales, que te sirvan para crear una estancia más adecuada, para los futuros polluelos.

Te digo cosas bonitas desde la distancia, y tu piar, me hace saber que me has entendido. Murf me observa con su mirada huidiza, pero tú me esperas mientras me acerco, y siempre, siempre, me ofreces tu piquito, para que lo toque.

Cuando más te veo disfrutar, es en las tardes en las que cerramos todas las ventanas y puertas, y abrimos la jaula. El primero en entender el juego es el ‘jefe’ Murf, que sale tan campante, y comienza a planear y merodear por la casa, por su casa. A ti, querida Señora Plumas, te cuesta un poco más abandonar la jaula, pero con el tiempo, acabas saliendo, acabas aceptando la libertad que se te ofrece, y junto a Murf, realizas un reconocimiento exhaustivo de nuestro hogar, posándote en las lámparas, los cuadros, las cortinas, y finalizando tu vuelo, encima de mi cabeza, o en el hombro de la mamá. Sobrevoláis la casa con toda la voracidad del animal que ha recuperado su libertad, queriendo volar por todos sitios en todo momento, como si no hubiese un mañana. A la hora de tratar de devolveros a vuestra jaula, es cuando comienzan las problemas: Murf se hace el despistado, y a ti no hay manera de hacer que te dirijas hacia el objetivo al que tienes que ir a descansar. Tras largas persecuciones, logramos teneros a los dos de nuevo bajo control, y os prometemos que mañana volveréis a tener otro momento para disfrutar de vuestras alas, y de vuestras ganas de conocerlo y explorarlo todo.

Querida Señora Plumas, ¡cuántos momentos bonitos le estás proporcionado a nuestro hogar, con tu presencia y la de tu pareja, el Señor Murf! Gracias por tanto cariño, por tus sonidos alegres al escuchar que llegamos a casa, por tus preciosos buenos días y buenas noches… Gracias por regalarle a nuestra vida la alegría que necesitaba…

Escribe: Torres Vera, Diego

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